Por Elvio Lento

En el último tiempo he estado más optimista con respecto a la vida y a nosotros, los habitantes de esta pelota azul que flota en el espacio. Antes detestaba a todo el mundo sin razón aparente y enredaba mis días sumergido en una interminable secuencia de pensamientos que me conducían indefectiblemente a aborrecer a todas y a cada una de las personas que existen. Lo extraño era que a pesar de mi aborrecimiento compulsivo a los seres humanos yo me sentía bien, sin culpa, fantástico. Y esa incongruencia de aborrecer a los que me rodeaban pero sentirme bien con la idea de aborrecerlos fue lo que me llevó a dudar de mi estado mental. Lo lógico sería, me dije una y otra vez, que en algún momento, detestar tanto a la humanidad me produjera malestar. Así estuve meses, rumiando esto en mi cerebro. Harto de aquella incertidumbre permanente tiré una moneda. De salir cara buscaría hacer un tratamiento. Por suerte terminé en la consulta de un renombrado psicoanalista lacaniano a pesar de que salió cruz.

Cincuenta sesiones después en las que sólo hablaba yo, y él escuchaba sin pronunciar palabra, me dí cuenta de que ya no aborrecía al mundo. Debo admitir que al comienzo tuve la fuerte impresión de que sólo me estaba sacando la plata ya que, sesión tras sesión, yo me pasaba todo el tiempo hablando, mientras él me miraba en silencio, con su cara de bobalicón pensante de pipa entre los dientes que de vez en cuando anotaba algo en su libreta.

Finalmente entendí que ya no tenía sentido seguir en terapia. Al salir, luego de la última sesión, miré hacia el cielo celeste donde unas nubes se deshilachaban sin remedio en la brisa primaveral. Los lapachos amarillos florecidos chispeaban bajo el sol de octubre. Conmovido por tanta belleza mis ojos se humedecieron de emoción. Mi alergia al polen también podría explicar mi lagrimeo.

La terapia mejoró mi vida. Ya no aborrezco a nadie. Hoy tan sólo odio al que se me cruza por delante. Odio a nuestros países vecinos que nos odian, vaya uno a saber por qué. Odio a los drogones cuando me convidan porquerías pero odio más a los sanos abstemios que no me convidan nada. Odio a Lanata porque es adoptado y a Víctor Hugo porque es uruguayo. Odio al comerciante chino por fingir que “no entende” cuando le digo que me está estafando. Odio a los artistas que creen que salvan al mundo y a los científicos que nos lo explican con fórmulas y teorías. Y como también odio a los que escriben notas en revistas como esta, no puedo dejar de odiarme a mí mismo.

A pesar de eso, debo admitir que la terapia me hizo bien. Ahora puedo odiar y sentirme exultante y vital. Calculo que en unos años más podré quererlos como se merecen. Sólo espero no sentirme mal por eso.