Escribe: El Fantasma

El sol del verano azotaba a Guillermo como a un cosechador de algodón del Siglo XIX. Guille había sido un bebé incunable para nuestro clima. Una melena blanca cubría su cuero cabelludo. Tenía la piel del color de una hoja A4 lisa y era imposible afirmar que tuviera cejas o pestañas. Sus malos hábitos y vicios de personalidad habían frustrado todos sus intentos de vivir en otras latitudes. En el 2002 robó un auto en Mendoza y cruzó a Chile. Cuando los Carabineros lo pararon en un control y le pidieron los papeles, nuestro compatriota pálido quiso sobornarlos con un patacón de $100 como si estuviese tratando con la Caminera del portezuelo de Catamarca. Terminó preso y posteriormente deportado. En el 2007 se unió a Las Farc, pero su figura fosforescente resaltaba en la verde selva colombiana y resultaba un blanco fácil para las tropas de élite del gobierno. Muy a su pesar sus camaradas tuvieron que pedirle que se fuera. Le organizaron una despedida sin precedentes, en la que todo se sirvió en bandejas. Guillermo se sintió triste, pero a la vez comprendió que tampoco soportaría el clima tropical del país cafetero.

Toda esta introducción al pedo no sirve de nada. El hecho es que su transparencia corpórea permitía ver cómo la sangre corría ansiosa por sus venas anhelando vacacionar. Anhelo que se frustraba por la falta de dinero. Jota Sé, único amigo de Guillermo, adivinó sus pretensiones.

-¿Así que pensás  que la ruleta es tu única vía para salir de vacaciones?- preguntó irónicamente.

Guillermo contestó muy seriamente que sí, con el convencimiento de que ganarían sin duda alguna.

Cuando estuvieron en la puerta del casino, Jota Sé se refirió al corte francés de la arquitectura del edificio. Guillermo empezó a transpirar, pero por cortesía prefirió no hacer ningún comentario. Además su amigo pondría la plata para jugar. Una vez adentro del salón, Jota Sé destacó la calidez del lugar. La nariz de Guillermo empezó a enrojecer. Caminaron por toda la sala hasta que finalmente se pararon frente a una mesa que a Guillermo le pareció era la ganadora. Jota Sé comentó que le resultaba imposible acercarse a una ruleta y no sentirse contagiado por la superstición. Por un momento la blanca existencia de Guillemo oscureció un poco, sólo un poco.

-Jota Sé querido, mi único amigo, mi hermano, mi sostén espiritual, mi todo, lo tuyo son las mujeres. Cuando estemos en San  Petersburgo tú te encargarás de conseguir cinco  rusas rubias de piernas largas, pero ahora saca $500 de tu billetera y ve a la caja ha por las fichas.

El fiel escudero del caballero de la blanca armadura volvió con las fichas de inmediato.

Guillermo puso los $500 en fichas a los números pares. Salió el 4 y ganó. Con una sensación de felicidad puso otros $500 al rojo. Salió el rojo. Puso los $1.000, salió otra vez el rojo. Lo puso todo al rojo y volvió a salir el rojo. Cuando recibió $30.000 puso $15.000 a la segunda docena sin tener idea de lo que podría resultar. Le pagaron el triple. Jota Sé propuso retirarse, pero Guillermo no lo escuchó y puso una vez más todo a los pares. Esta vez salió el 16. Le entregaron otros $80.000. Agarraron el  montón de fichas y fueron a cambiarlo por dinero.

-Antes de sacar los pasajes a Rusia vamos a la 1-11-14- ordenó Guillermo.

Hacia allí se dirigieron. Entre los habitantes de la villa, Guillermo parecía una gota de leche en un tazón de café. Unos feligreses que estaban en la esquina lo hablaron.

-Crudito, ¿qué haces por acá?

-Gané plata en la ruleta y con ella quiero comprarles mercadería.

-Acá también jugamos a la ruleta- dijo uno de los feligreses mientras sacaba un revolver 38 de atrás de su short de Nueva Chicago.

Puso una bala en el tambor y lo hizo girar.

-Arrancá vos, lechoso.

Guillermo tomó el revólver, se lo posó en la sien y apretó el gatillo. Como lo había hecho durante todo el día, volvió a acertar. La bala atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja izquierda, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral. Revivió azarosamente una mañana de invierno de hacía veinte años, en la que entraba tarde al aula luego de un recreo y todos sus compañeros al unísono empezaron a gritar: buuuu, buuuu, buuuu, buuuuu. Sí, Gasparín también le había arruinado la vida. Oh, gloriosos años 90s.