Algunos tienen en sus vidas un karma particular, otros cargan con una cruz. En mi caso, mi cruz es tener este karma, o tal vez, mi karma es soportar esa cruz. Vaya a saber. No lo tengo muy claro aún, pero por ahí va la cosa, o quizás, por ahí viene. Quién sabe. Tal vez si reemplazo las palabras “karma” y “cruz” por la palabra  “problema” pueda transmitirles lo que me atormenta.

Mi primer “problemita” (porque todavía yo era un nonato de 7 meses) surgió a causa de que mi madre fumaba al día un paquete de Lucky (irónico, ¿no les parece? ,por la marca, digo) lo que me hizo adicto a la nicotina. Pero como yo no podía salir de su vientre por voluntad propia a comprar cigarrillos en el kiosco de la vuelta o gritarle: ” ¡¡Má, comprame un paquete de Lucky y si no un Marlboro!! “. Mi pequeño cerebro cayó en las garras de la vil sustancia y, en mi desesperación por fumar y no teniendo ningún cigarrillo a mano, me llevé el dedo a la boca y comencé a chuparlo con gran fruicción como si me fuera el alma en ello. Poco a poco, el chupar mi dedo pulgar me fue apaciguando la ansiedad. Ahora que lo pienso, de nada me hubiera servido tener un cigarrillo y fósforos porque estos se habrían mojado en el líquido amniótico y no los podría haber encendido. ¡Ironías del destino!.

Al nacer ya me había convertido en un chupador compulsivo, a tal punto que me chupaba el pulgar casi todo el día, a excepción de cuando mi madre me daba el pecho puesto que, algo me decía, que si no me prendía a ese pecho moriría de inanición en poco tiempo.

Los tres primeros años de vida me los pasé chupando mi dedo, y no sólo el mío, sino el de todo aquel que estuviera desprevenido. Pero una tarde en el jardín del fondo mi primo, que era dealer, armó un porro delante mío, lo prendió y al llevárselo a los labios sonó el teléfono de casa. Mis padres, que me habían dejado a su cuidado para visitar a mi abuela paterna internada en el hospital, lo llamaron para saber cómo estaba yo. Mi primo dejó el porro en el cenicero, a mi alcance, y se dirigió a la sala donde estaba el teléfono. Yo aproveché la ocasión, agarré el porro y le hice una seca profunda antes de ponerlo de nuevo donde él lo había dejado. Corrí a mi cuarto pero no logré recorrer más que unos cuantos metros antes de quedarme colgado en la cocina con los ojos rojos. De ahí en más dejé de succionarme el pulgar y comencé a fumar ganya a escondidas, para lo cual debía tranzar con mi adolescente primo:

-Quero ventitinco.

-¿Y con qué me vas a pagar, bebé? ¿Con caramelos? ja ja ja.

-No, peotudo. Tengue chancho con mucha pata de mi pumpleaños. – abrí la tapa de mi alcancía y salieron los billetes que contenía. A mi primo le brillaron los ojos de codicia.

-Ok, para vos te dejo los 25 a 30 pesos.

-Ni ahí, pimo. Te doy vente y ni un pecho má.

-Sos bueno para negociar, enano. Está bien. Trato hecho.

-¡Y!, ¡¡soy chiquito pero no bodudo!!.

A partir de ese instante los tres años siguientes mi rutina diaria se resumió en fumar faso, escuchar jazz, bastante rock nacional y, sobre todo, comer, comer y comer por lo que engordé muchísimo, tanto que en mi familia me llamaban cariñosamente “el cerdo asqueroso”.

Unos once meses más tarde la novia de mi primo me hizo probar un pase de cocaína y de ahí en adelante me hice adicto a la blanca y me volví hiperactivo. Iba de un lugar a otro sin parar. Tal es así que me iba caminando rápido, rápido, de casa a la escuela y de esta a casa, hablando solo y moviendo los brazos, que parecían tener vida propia. Mis padres se preocuparon porque pensaban que tenía T.D.A.H. (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad) ,sin embargo, los especialistas a los que me llevaron, para su sorpresa, no lo confirmaron.

En esa época de mi vida bajé todo el peso extra acumulado anteriormente y de “cerdo” pasaron a llamarme con el mote de “electro”.

El tiempo fue pasando hasta que a mis 15 años me dieron a probar éxtasis en una fiesta de secundaria, y durante un año me la pasé abrazando y besando a todos  porque la gente me parecía buena y el mundo bonito. Mis amistades pasaron a referirse a mi como “besito”.

Al ingresar a la universidad, los alumnos de los últimos años hicieron una fiesta de bautismo para los nuevos estudiantes en la que entré en contacto con las bebidas alcohólicas. Y no es que antes no las hubiera probado, pero no les había descubierto la onda, hasta esa fiesta. Está de más comentar que me hice un compulsivo bebedor o, como se dice habitualmente, un borracho que se tomaba todo, hasta el licor de los bombones. Mis conocidos me apodaron “ET” por etílico.

Mis días eran una continuidad de borracheras hasta que, por suerte descubrí las delicias del sexo con una amiga y también me volví adicto a él. Fifaba de noche, fifaba de día, fifaba de parado, fifaba de tarde, en fin, fifaba y fifaba sin parar. Mi nuevo apodo fue “polvareda”.

Luego alguien me inició en el consumo de pastillas: tranquilizantes, anfetas, opiáceos, incluso llegué a probar cafiaspirinas con coca cola. Las tomaba como si fueran caramelos. No por nada en ese entonces se referían a mi como “la pepa”.Pero me tenía sin cuidado cómo me llamaran, en verdad me tenía sin cuidado todo.

Sin embargo, un día todo eso cambió cuando conocí a Jesús. Pero no el Jesús ese del que hablan tanto sino Jesús Escobar Guzmán, un tipo de doble nacionalidad colombiana-mejicana que me enseñó a cavar túneles y huir con gracia bajo lluvias de balazos. Algún día les contaré sobre este personaje. Ahora me voy rápido de aquí porque la DEA me pisa los talones.